Siempre me he jactado de confiar en mi memoria, porque la mayoría de las veces me ha sido de utilidad para resolver problemas y darme ventajas en el día a día o en situaciones que la requieren. Ella y mis aprendizajes significativos.

Sin embargo, también es cierto que nuestros recuerdos no son objetivos, muchas veces los almacenamos con más atributos emocionales de los que realmente tuvieron.

Lo bueno es que nuestro cerebro tiene mil y un hacks que se pueden usar, uno de ellos es hacer conciencia sobre qué recuerdos necesitamos y cuales no, o el poder de sobreeescribir esa objetividad con hechos documentados. A veces solo es melancolía por el pasado.

Un día, cualquiera, te toca hacer una retrospectiva con quien estuvo ahí contigo, y eso ayuda mucho para asentar el polvo y ver con claridad, te das cuenta lo que exageraste y lo que minimizaste y todo va tomando su preciso lugar.

Los últimos cuatro años han sido así, en mi mente los he exagerado y el fin de semana me di cuenta de eso, de que en realidad no fue tanto, al menos, no desde la percepción de quien me interesaba.

Ahora toca seguir como desde hace un año, porque no pasa nada. Hay caminos que no se juntan, aunque siempre irán paralelos. También sé que nunca desarrollaré ese super poder que a muchos les funciona tan bien, la frivolidad. No, simplemente no se me da.

2020, está a dos días, y 2019 por fin, cobró sentido.

Gracias pues, como diría Winston C. “Personalmente, siempre estoy dispuesto a aprender, aunque no siempre me gusta que me den lecciones”.

A enfocarse en hacer cosas nuevas, retomar las olvidadas, desempolvar deseos y comenzar a construir más el futuro que disfrute que el pasado que anhelo que regrese, porque ya no existe. Está cabrón, y es un mal de la humanidad, querer hacer que el tiempo vuelva atrás.

Siempre habrá cariño, pero el cariño no es amor.

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