Llega un día, en toda relación (sea de amor, amistad o familiar) que representa un antes y un después, ese día se juega el futuro, pero por sobre todas las cosas, se pone a prueba la confianza. Quizá no lo notes, porque generalmente resulta en un hecho o actitud que podrías pensar como una nimiedad.

Una pequeña pieza en ti (o en el otro) se rompe, y aunque superficialmente todo parezca igual, has perdido (o te han perdido), no es que desate una furiosa tempestad, sino una profunda decepción, puedes mantener esa relación, y generalmente así sucede, pero nunca, nunca volverá a ser lo que era.

Vivir con eso, es fácil al principio, porque no parece ser de gravedad en lo cotidiano, hasta que de repente, otro día te paras encima del hielo, creyendo que es firme, nada más lejos de la verdad, se quiebra sin más, sin aviso, sin reproche, sin nada.

Siempre fue delgado y nunca te interesó ver que era así.

Decisiones.

Eso me sucedió hace años con Luz, creí que el hielo era fuerte y grueso, pero yo mismo lo adelgace, hasta el día de hoy lamento no haber tenido el valor de ser más honesto y claro, siempre será mi deuda, y por ella pagaré

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